Exposicions/ Pintures 1990-1992/

Textos de l'exposició/

La rebelión sensorial de Viladecans

Manuel Vázquez Montalbán

La rebelión sensorial de Viladecans – Manuel Vázquez Montalbán

Tras la rigurosidad caligráfica que Viladecans ha ido desarrollando a lo largo de su crecimiento como pintor, permanecían vivencias inmediatas o mediatas, de la memoria, que el artista significaba mediante un código personal y lógicamente sólo en parte y desigualmente transferible. Por más significada que esté una pintura que no reproduce lo que ya sabemos ver, afortunadamente el artista se reserva una zona impenetrable que sólo comunica consigo mismo e incluso una zona que es impenetrable para él mismo. Cuando un artista llega a tener «su caligrafía» puede ser tan manierista como cualquier otro manierista, aunque el adjetivo, a veces sustantivo, sólo suele aplicarse a lo más obviamente retórico.

Hemos visto como Viladecans alcanzaba un control de su código, un sistema lingüístico personal que conseguía sublimaciones plurisignificativas de observaciones, vivencias, recuerdos desnaturalizados y convertidos en la más fría de las sintaxis, aunque el artista recurriera a colores ardientes, pero encerrados voluntariamente en una geometría plana. Dueño de ese código, Viladecans en su hasta ahora más larga etapa, se permitía incluso incluir en el cuadro pautas de su propia técnica, hábito que mantiene en la actual entrega, pero quizá con una acentuada dosis de ironía sobre la relación entre la gama colorística de partida y el resultado.

Como todo artista singular, cada nueva propuesta de Viladecans es hija de la anterior con una mayor o menor carga de violación. Yo creo que tenemos ante nosotros un momento de autorruptura, como si el código de Viladecans se saliera de sí mismo, se rebelera contra excesivas seguridades geométricas y tratara de alcanzar por encima de todo una complicidad sensorial con la retina del contemplador.

El mirón, si sigue la pista de las titulaciones y conoce mínimamente los signos fijos o renovados del pintor, puede llevar a una convención interpretativa que dé la razón al enunciado de cada cuadro. El pintor no ha tenido por qué mentirnos cuando llama Hipocondría a uno de sus cuadros, Tatuaje a otro o El ritual del miedo a una de sus más contradictorias y mejores propuestas prácticas. Pero tampoco ha tenido por qué decirnos toda la verdad, entre otras cosas porque no la sabe. Y la principal impresión de veracidad que emana de las piezas mayores aquí expuestas es que la aleación materia-pigmentación desgeometriza la composición, sube del espacio convencional del cuadro y asalta la recepción sensitiva del mirón como nunca lo había conseguido este pintor.

No es sólo un propósito controlado, sino yo creo una etapa de mutación poemática. Si cogemos por ejemplo la serie Una idea de Europa que tiene título de posible ensayo de Don Salvador de Madariaga, en efecto, podemos llegar a una sabia descodificación de una irónica visión de una Europa conceptualizada convencionalmente, pero incluso esta serie casi ensayo ideológico participa de la rebelión sensorial de estadio de creación. Dueño de sus técnicas y sus signos, el artista asume un cierto eclecticismo técnico y material sin salirse de su propia lógica interna, pero sin esclavizarse a ella por el qué dirán los expertos en caligrafías. Los colores fauves, las rugosidades que encierran y abren sus propias luminosidades transmiten un estado de ánimo por delante de un estado de composición y autocontrol tan presentes en toda la trayectoria anterior.

Sin atreverme a ser profeta en nada y mucho menos en pintura, sabiduría humana para la que no tengo ni siquiera suficiente vocabulario, presiento que algo se ha roto en la espléndida seguridad que había alcanzado Viladecans y asistimos al nacimiento de un apasionante flirteo con la inseguridad.

 

Manuel Vázquez Montalbán